Este libro reúne
catorce cuentos bien concebidos, con unas tramas sorprendentes en un juego de
estructuras donde el título de cada uno anuncia la resolución de la anécdota o
el centro solar de la narración. El asombro entra y sale de la diégesis, así
como la dimensión queer de historias y personajes que a veces saben y no saben
lo que está pasando, pero lo sospechan, o en algunos casos se hacen los
desentendidos y no quieren darle nombre a ese amor que a veces se niega a
nombrarse, el de un hombre por otro hombre. Son puertas que se abren hacia un
pasillo oscuro que se ilumina de momento como en la portada, con una imagen de
Ralph Gräf, un artista alemán que explora la develación de un secreto. Lo mismo
pasa con estos relatos que iluminan el lado oscuro de la realidad
puertorriqueña, esas grafías del clóset, las de los hombres que muchas veces no
se atreven o no quieren hablar abiertamente de su atracción por otros hombres
como ellos. Se sugiere todo en medio de una realidad isleña de plazas, playas,
terrazas, calles, cafetines, colmados, pueblos de la isla, o en el Viejo San
Juan, recorriendo el territorio sentimental de los espacios públicos en los que
se esconde la patería boricua.
Hay una intersección posmoderna en las historias porque
hablan de viajes y otros espacios cosmopolitas como Nueva York y su Museo
Metropolitano (El Met) o del balneario exclusivo de Bariloche en Argentina, o
de Lisboa en Portugal, o en otras partes de Europa o Estados Unidos donde
dizque se puede vivir abiertamente lo que aquí en la Isla muchas veces hay que
esconder.
Están las locas fabulosas del Condado que intercalan el
inglés en sus diálogos, en el intermedio de una comedia musical, tal vez en
Bellas Artes, en “Tercera llamada”, o la belleza de Lisboa en la mente
alucinada de un paciente que se cree uno de los heterónimos de Fernando Pessoa,
y enamora al poeta en su delirio de escribir una tesis sobre su obra. Detalle
que perturba al psiquiatra que estudia su caso porque al contárselo a su esposa
se da cuenta que nunca la ha amado ni la amará así, para incomodidad de ella mientras
el narrador le lee el expediente. O el cuento “Cerca” que es un título muy
revelador a la hora de contar la historia de un email que le llega al
protagonista en mitad de la noche, y lo lee en el acto clandestino de
aprovechar el sueño de su esposa en la cama junto a él sin saltarse esa cerca
metafórica de la seguridad del closet.
Son puertas que se abren al secreto de amantes que vuelven
del pasado a remover las emociones y que en sus bisagras también contienen el
acto de abrirse de otros personajes, como los deliciosos Kevin y Wilfred, en el
Café Margarita de San Juan, que en “Nosotros anunciamos” se cuentan sus
infidelidades en camaradería delirante parafraseando versículos de la Biblia
que un chico religioso le recita a Kevin cuando va a visitarlo y tienen que
subir los veintitrés pisos del edificio de apartamentos porque el elevador está
descompuesto.
Mi compueblano José Antonio Santos ha sabido también narrar
la geografía de nuestro Caguas natal en “El colmado”, desde la calle Georgetti,
subiendo por la calle Betances hasta llegar a la Plaza Palmer, y mucho antes en
la esquina de la Logia Masónica, en la intersección con la calle Acosta, y
explorar la tradición de los colmados de barrio en la historia de un gay que
tuvo que volver a la Isla de Niuyol para salvar a la familia, y seguir
administrando el colmado del papa, para ser curiosamente él quien se haga cargo
de mantener y continuar ese negocio familiar. O en uno de los mejores cuentos
de la colección, en “Mrs. Souffront”, donde la vieja maestra retirada
bochinchera del pueblo se topa con los dos amantes protagonistas del cuento en
una sala de emergencia del CDT o Centro de Tratamiento en Maricao, y el
narrador la tiene que mandar al “mismísimo carajo” para que los deje en paz
porque la expresión pública de afecto entre dos hombres es algo todavía
intolerable.
Celebro la publicación de este libro que me tocó leer y
evaluar para la Editorial Isla Negra, editorial pionera que ha publicado
literatura queer desde el año 2000 cuando Carlos Roberto cometió el
atrevimiento de publicar mi FUSILADO dios, donde hay varios poemas donde el
hablante lírico se acuesta con ese dios con minúscula al que desea en un acto
místico y erótico. ¡Ave María Purísima! ¡Sin pecado concebida! Y para un nene
católico de Caguas que habla de otro que fue seminarista nunca ha sido fácil
hablar de estas maravillosas paterías en público. Pero eso es precisamente lo
que nos piden estas grafías del clóset de Catorce puertas al silencio de José
Antonio Santos. Yo pido muchas más historias como éstas, como la del nene
adolescente que en acto voyeurista ve a un muchacho negro totalmente desnudo a
la luz de la luna, a la orilla del río Portugués en Ponce, y queda totalmente
perturbado en “El primer rostro”. O los juegos eróticos de lucha libre en “La
mano de Dios” y el suicidio del tío en “Tío Genadio” como prefiguraciones
dolorosas de estas grafías del clóset. O el punto de hablada en “Se llama
Alberte”, cuento que cierra la serie donde el celador de un condominio queda
totalmente prendido del patito que toca al piano “Canción sin palabras” y es
incapaz de articular lo que siente entre tanta curiosidad que se le queda entre
cuero y carne…
Yo quiero más, mucho, mucho más, como dice el mambo, yo
emplazo a Josean, como le decimos los amigos, a que nos cuente más historias, a
que nos arme una buena novela que nos hable de esos territorios silentes de los
pueblos de la isla, desde la terraza de Hernán y Melito, dos de sus mejores
personajes en “Mrs. Souffront”, desde donde se aprecian las bahías de Lajas y
de Guánica en noche de luna, y nos hable del dolor, pero también de la
celebración que es salir totalmente del clóset en estas cien por treinta y
cinco millas náuticas de Isla.
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